Mirada al mundo

Estefanía se encontraba sentada en la mesa de la cafetería, únicamente se enfocaba el ver el horizonte que proporcionaba la inmensa vidriera y detallaba la gente al pasar, casi como examinándolos, en un juego de ser “detective” y encontrar una particularidad en cada uno de los escenarios.

Ella, Estefanía, un amor que jamás imagine encontrar pero que sin saberlo robaba cada día un poco de mi corazón y yo con plena consciencia de todo se lo permitía, la dejaba que me sumergiera en su mundo, tomaba su mano y caminaba a su lado, tan a la par, sin preocupaciones, el único pensamiento que me acompañaba en esos lapsos de tiempo era la felicidad de saber que hoy se encontraba a mi lado y lo feliz que era de haberla tenido en mi camino.

¿Qué haces?, ¿A quién espías? Le pregunte.

A la vida misma, me respondió con suma calma mientras se llevaba la taza de café caliente a la boca.

A la vida.

Juan, dijo ella en una voz tenue y calmada mientras seguía mirando la calle.  Cuando nos detenemos a ver a nuestro alrededor entramos en contacto con la vida misma, nos humanizamos ante las realidades del otro, sentimos compasión, compartimos felicidades, somos capaces de ser uno con un ajeno.

Subí mi ceja e hice un gesto que le dio a entender no entendía una sola palabra de lo que ella decía.

Entonces me miro y dijo, hagamos un ejercicio para que entiendas a que me refiero.

¿Ver aquella mujer sentada en la calle con una niña en sus brazos pidiendo dinero?

Si, dije. Una de las tantas desempleadas del país dispuesta a parir y parir sin accionar, sin reaccionar y conformándose con lo poco que le dan.

Eso podría ser cierto de manera superflua, pero también hay mucho más que ver en ese cuadro, mira como la mayoría de las personas que pasa frente a ella la mira con desprecio, no solo a ella sino también a su hija, imagina el impacto que tiene esa niña sobre sus hombros al ver día a día un mundo tan hostil, tan indiferente, tan lleno de odio, que lejos de hacerla crecer orgullosa de lo que es siembra el rencor innecesariamente.

Me hizo pensar en ello unos cuantos segundos.

Su voz interrumpió el silencio diciendo, ahora no todo es malo, mira la ansiada que está sentada en esa mesa y disfruta de la sonrisa que lleva al ver como su nieta le cuenta la aventura que tuvo hoy en el colegio. Simplemente escúchala.

Miramos con ternura a la niña en la mesa contigua a la nuestra y escuchamos el relato que le contaba a su abuela.

Niña: Me miro y me quiso tomar la mano.

Abuela: ¿Qué hiciste?

Niña: Le dije que no. Levantando su dedo índice para hacer una señal de alto y con un gesto firme, lo más firme que se podía en una niña de seis años.

Porque le dije primero hay que preguntarle a Papá, no podemos ser novios sin preguntarle.

Abuela: Sonrió.- Eso me parece muy bien.

Niña: Y sí, porque las cosas o se hacen bien o no se hacen abuela, eso dice mi mamá y si de verdad me ama entonces hablará con papá.

Fue inevitable que soltáramos una carcajada en conjunto con la abuela, quien nos miró y compartió el momento de felicidad con nosotros.

Estefanía me miro y dijo ves como la felicidad puede ser compartida con otros, cada instante Juan que nos detenemos a mirar realmente nuestro alrededor podemos sorprendernos, porque entonces somos capaces de darnos cuenta que seguramente nuestros problemas no son los más graves, pero por sobre todo que es un mundo en el cual si lo permitimos podemos dar paso a otros en nuestras vidas, aunque sea para dar una mirada y robar una sonrisa.

Imagen cortesía de http://www.freejpg.com.ar/free/info/100007652/mujer-mirando-por-la-ventana, todos los derechos de autor.

Por Mariangel Vitos.
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